miércoles, 23 septiembre 2020

EDITORIAL DYSTOPIA 5: Derechos

Escribo esta columna el 30 de marzo del 2020, en mi casa, ubicada en un lugar tranquilo. Vivo en la comuna de La Reina.

Como muchos llevo quince días sin salir a la calle.

También como muchos, he reorganizado mis rutinas para sobrellevar lo mejor posible el encierro. Trabajo desde casa, el teletrabajo ya no me suena tan a chino como el coronavirus.  Intento hacer una hora de ejercicio todos los días y cuando creo que ni mis hijas ni mi compañero me ven, bailo, canto y salto bastante bien. De vez en cuando vuelvo a ver los triunfos de Colo Colo. Ya sé que eso no es ejercicio físico, pero es legítimo. La alegría es saludable, ayuda a encauzar la vida.

Como muchos, he tenido que renunciar a los almuerzos y paseos familiares de fin de semana.  Esos almuerzos y paseos siempre han sido mi momento favorito de la semana. En ninguna ocasión, en ningún lugar disfruto mejor que cuando almorzamos y callejeamos todos juntos. Si esto dura mucho, a lo mejor hago una figura de cartón tamaño natural de mi madre o de los amigos, aunque la sola idea ya me da un poco de tristeza.

Como muchos, he tenido que renunciar a los largos paseos por un barrio y sus calles que, no recuerdo jamás tan vacías como ahora.

Como muchos, en estos días de encierro busco una serie de televisión para empezar a ver o leo el libro que dejé por falta de tiempo. La apariencia de mi bandeja de entrada es bien desalentadora, por lo que también limpio mi correo electrónico de spam o de información que no es de mi interés.

A parte de eso, como muchos, tengo un perro que con esto del encierro he sacado poco y nada a pasear. Tengo una gata muy bonita, joven todavía, a la que le hago muchos cariños y juegos cuando se le ocurre llegar a casa a buscarme.

Como muchos, me pregunto en qué estaremos dentro de diez días, de un mes, dos, tres, cuatro o cuando ustedes lean esta columna.

No sé si como muchos, pero mis expectativas son austeras. Espero no acostumbrarme a lo que nos parece intolerable: las injusticias. Porque con todo lo que digo soy una privilegiada y quiero que mis privilegios dejen de serlo y pasen a ser un derecho para todas y todos. Si tuviera que apostar, me la jugaría por eso.  Por la felicidad futura de no más privilegios y sí más derechos en salud, trabajo, educación, justicia, vivienda y un largo etcétera. Quiero apostar por los derechos. Los necesitamos. Y nos lo merecemos. Para muchos, para todos.

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Periodista, magíster en Antropología y Desarrollo, diplomada en estudios de crítica de cine y edición de textos. En el ámbito profesional, ha desarrollado por más de siete años la docencia universitaria en temas de comunicación oral y escrita. Curiosa intelectualmente, interesada en el acontecer sociopolítico del país y del mundo. Mujer, madre, compañera y opinante. Verónica ( Santiago, 1975) se incorpora a Dystopia porque cree fervientemente en el debate y en abrir espacios de diálogo entre los ciudadanos.

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