domingo, 25 septiembre 2022

Antropoceno, la crisis de lo tangible con bases inmateriales

El presente trabajo tiene su origen en un encargo particular de una asignatura del Magister en Diseño de Entornos Sostenibles de la Universidad Austral de Chile, en que se plantearon interrogantes en torno a la identificación de formas en que el concepto de Antropoceno pudiese manifestarse en la ciudad en la que se habita.

Tengo conciencia de haber realizado alguna lectura del tema previamente, pero muy casual y ligera, pareciéndome prudente realizar una búsqueda algo más acabada y clarificadora respecto a lo que refiere. Por ende, aclaro desde ya al lector, que lo siguiente responde más bien a un ejercicio de reflexión breve sobre ciertos aspectos del concepto, más no un texto con un tratamiento avanzado, precisión que retomaré más adelante.

En primera instancia – el Antropoceno— parece ser un concepto en disputa, considerado incluso “Paradigma Antropoceno” por sus características epistemológicas controversiales, que tiene por pretensión representar una ruptura, un cambio notable en la historia del planeta, que refleje los impactos del hombre sobre dicho sistema (UNESCO, 2021) con – y esto ya es una inferencia—, un dejo de tormento que apunta hacia la insostenibilidad de las prácticas humanas actuales.

En efecto, tras la construcción mental de una noción artesanal (Trischler, 2017; Svampa, 2018), me pareció pertinente revisar no solo aquello que lo define, sino también lo que impide su estabilización, aquellos aspectos críticos que posibilitan la discusión y el trazar distinciones entre lo que es y lo que no – sus bordes— llamando mi atención a modo de resumen, tres críticas recurrentes, a saber, la a) verticalidad de su instalación y/o difusión, preferentemente académica, la b) consciente o inconsciente pretensión globalizante, ignorando las particularidades históricas de los territorios, o su c) evidente perspectiva antropocéntrica en la observación de la relación humano-sistema naturaleza (Gallini, 2020).

La articulación de las definiciones revisadas y los aspectos críticos, fueron construyendo en mí un panorama algo tosco pero práctico y clarificador, permitiendo acercarme a aquella pregunta inicial respecto a identificar formas en que este Antropoceno se manifestaba en mi ciudad de residencia que es Temuco en la actualidad.

Si bien dar una respuesta directa con el poco andar me pareció temerario, aquella misma base casi introductoria, no dejaba de otorgarme una elevada libertad, pues esa inestabilidad mental del concepto, tanto en la forma como en lo incipiente de la noción construida, era tierra fértil para cuestionamientos y supuestos que reduje – entre otros naturalmente— a: ¿Qué tan tangibles y permanentes deben ser los cambios y/o elementos en el entorno, para ser considerados efectos propios del Antropoceno?

Y es que tras este ejercicio de construcción y reflexión, Temuco se presentaba como un territorio con evidentes muestras de impacto humano en un sentido constructivo, una extensión media de acuerdo a lo considerado por la literatura, y diversas instalaciones modernas que podrían encajar. Sin embargo, es también una ciudad que no habita o interviene, al menos en un sentido masivo, dos de sus elementos naturales por antonomasia, con ello me refiero a su cerro Ñielol y el Río Cautín, ni posee grandes industrias o zonas de sacrificio evidentes.

Esta observación puede ser claramente discutible según se establezcan criterios, pero me pareció que buscar las huellas del Antropoceno en la ciudad debía ir en una dirección más abstracta y compleja, que permitiese vislumbrar aquel vértice en el que confluyeran los resultados de la actividad humana sobre la naturaleza de una manera indirecta, de tal forma que apareciese ante nosotros un impacto no deseable, resultante del modo en que, como sociedad, estamos “avanzando”.

Antes de continuar, vuelvo a lo advertido en un comienzo respecto a que lo siguiente es más un discurrir, un esfuerzo orientado a reflejar un ejercicio de reflexión crítica y las preguntas que de ahí emergieron, en torno a observaciones que, me parece, tienen relación con esta postura epocal de considerar al hombre como centro de los impactos sobre el entorno, que a una revisión práctica de las huellas del Antropoceno, planteando algunas aparentes razones que den luces para entender los resultados no deseables del periodo a nivel del individuo/observador, mientras intento abordar lo paradojal de considerar a la presente época como época del hombre, sin que se subraye o ponga énfasis – al menos en las lecturas por mí realizadas— en los procesos cognitivos, sociales y culturales intrínsecos del mismo hombre, y que guían el accionar que construye – o deconstruye— el desarrollo de la época homónima.

Echa ya esta precisión y volviendo al planteamiento central, una huella del Antropoceno que omití intencionalmente al mencionar los elementos naturales cardinales de la ciudad, con el fin de dar un tratamiento mayor, fue el encause de los distintos afluentes que recorrían la ciudad antaño, y que tras diversos esfuerzos han sido redirigidos para permitir la construcción y el avance de la urbe, pero que ante las abundantes lluvias– ya no tanto quizá—, reaparecen rebeldes, como reflejo de una tensión permanente entre el afán del hombre por dominar a la naturaleza y sus consecuencias. ¿Otra razón para esta omisión? Me parece que hay principios organizadores subyacentes de dicho operar transgresor que podrían verse reflejados de una manera más evidente en otros ejemplos, como lo atmosférico, que será revisado en lo próximo.

Tres conceptos fueron posicionándose mentalmente como relevantes a medida que este texto fue siendo construido, correspondientes ellos a riesgo, democracia y crisis, todos a razón de permitir visualizar con mayor claridad, al menos para los no iniciados como yo, aquello que evidenciaría al Antropoceno en la ciudad, al menos con las características del encargo, sobresaliendo una de ellas como clave para realizar dicho ejercicio, y esa era crisis.

Si hay una crisis presente y evidente, sobre todo durante los meses en que esto fue escrito – invierno—, en esta ciudad, es la ambiental: aquella densa capa de humo que la cubre desde que comienzan a bajar las temperaturas por la tarde, hasta parecer una densa niebla que, amalgamada con la humedad propia de vivir a orillas del Cautín, termina por reducir notablemente la visibilidad e impregnarlo todo de un aroma característico.

Fotografía: René Cavero Herrera. Temuco, Otoño 2022.

Y es que con lo leído, no se me ocurre una mejor huella tangible del Antropoceno que la crisis ambiental provocada por las emisiones de la calefacción a leña y el transporte, huellas que la misma expansión de la ciudad y el crecimiento de su población acrecientan, como representación inequívoca de un impacto que transforma el entorno, a raíz de una insustentable practica humana – o varias—.

La elección de esta forma de manifestación del Antropoceno es en absoluto inocente pues, creo, representa y da pie a una plataforma multidimensional de observación que escapa a lo netamente tangible, e incluye dos dimensiones que me parecen cardinales a la hora de revisar aspectos que versan sobre las bases humanas de un cambio sostenible. Con ello me refiero a la cultura y el modo mismo en que, de acuerdo a los cognitivistas como el recientemente fallecido H. Maturana, E. Morin o F. Varela, aprendemos y modificamos nuestros hábitos los humanos (Maturana, 2015), y es que continuando con esta breve exploración del sentido epistemológico del Antropoceno y su trampa paradojal, ¿no será pertinente también revisar los aspectos inmateriales, humanos, simbólicos si se desea, que pueden estar guiando su desarrollo e instalación?

En un contexto histórico como el actual, dominado temporalmente por una pandemia sin precedentes, que parece confrontar decididamente el orgullo y poderío del desarrollo humano del siglo XXI con su vulnerabilidad y fragilidad natural, en el marco de un mundo de la vida politizado, irritado y polarizado, que no evidencia en la vida diaria urbana el encuentro y el reconocimiento del otro en tanto otro valido, con historias, experiencias y pretensiones, sino más bien una disputa continua desde la negación de su validez por las intenciones propias, como supuestos verdaderos basados en la experiencia vital. Me parece que la discusión de estos temas, en cruce con lo tocante al Antropoceno, cobra una relevancia relacional total, por ser la base sobre la que se origina el periodo más allá de los nombres asignados.

Si uno revisa desde esta perspectiva la ciudad de Temuco, encontrará que manifiesta algunos intentos por avanzar hacia un futuro sostenible y moderno. Prueba de ello son la incorporación de un recorrido de ciclo-vías/bandas, enmarcado en distintas arterias o sectores de la ciudad, o la iniciativa de convertirse en una “Smart City” con todo lo que ello implica a nivel de plataforma. Sin embargo ¿permiten estos rasgos/acciones considerar a Temuco una ciudad preparada – o en vías de— para proyectar un futuro sostenible?

Inevitablemente, y desde una perspectiva cognitiva/social/cultural, racional si se quiere, me parece que debo contestar con un no rotundo, pues para aquello se requiere de una discusión más compleja, y no en un abstracto sentido evasivo, sino lo opuesto, apuntando hacia el reconocimiento de tensiones que se producen entre contexto histórico, equipamiento y cultura. Incluso, si volvemos a elementos específicos, como la simple pero fundamental usabilidad, o los criterios de la sostenibilidad asociados a la forma urbana, siguiendo a los autores Zumelzu y Espinoza (2019), en tanto instrumentos que permitan mediante la modificación de dicha morfología, avanzar hacia dicho ideal normativo, nos encontraremos con huellas de esta necesaria perspectiva cognitiva/social/cultural que la suplemente para su instalación.

A modo de ejemplo, qué duda cabe de que el criterio escala, y específicamente las recomendaciones en torno a las dimensiones de las cuadras, entre 60 y 100 metros, efectivamente promueven los desplazamientos, más aún es estas latitudes donde la lluvia y las bajas temperaturas son elementos que priman en el cálculo racional de dichas elecciones – caminar o no—, siempre y cuando se enmarquen en un tejido barrial que, como se menciona en el mismo trabajo, contengan los elementos funcionales necesarios para dotarlo de una autonomía relativa, en el sentido de contar con servicios o espacios que puedan resolver necesidades a cubrir caminando (Zumelzu & Espinoza, 2019) pero ¿que promueve el desarrollo y la instalación de dichos servicios, elementos y cambios morfológicos? ¿Qué cambios son necesarios para que ese ciclo virtuoso se instale y mantenga en el tiempo?

Estas preguntas llevan a cuestionar un aspecto de suma relevancia y digno de detención en torno a la discusión del paradigma Antropoceno: ¿Estamos generando, antes de producir los cambios en la morfología urbana, y en tantos otros aspectos que buscan ideales normativos que fluctúan entre el progreso y la sustentabilidad, espacios de interacción recurrente y recursiva (Maturana, 2015), que permitan a las personas incorporar sus fundamentos hasta volverlos parte de sus costumbres como habitantes del territorio, estableciéndose como saberes colectivos capaces de perdurar culturalmente, cobrando validez en el proceso?

Estamos asistiendo, considero, a un periodo extraño y controversial, de cambios veloces – o propuestas de—, repleto de objetivos y proyecciones, herencias de un hacer previo que ha sido cuestionado, y que promete ser superado con aspectos ideológico/normativos de márgenes difusos. A dicho fenómeno se suma una abundante cantidad de información que no es necesariamente uniforme en su calidad y modo de distribución, deviniendo irremediablemente en asimetrías y transformaciones en todo ámbito posible del mundo de la vida, de modo que ¿serán estas, otras huellas del discutible Antropoceno? Un conjunto de ideas e ideologías en cruce permanente, que sostienen metas comunes e incuestionables en pos del progreso, pero con caminos que difieren hasta la plena oposición y que, en muchos casos, se alejan indudablemente de la racionalidad en términos habermasianos en el sentido de que las propuestas – pretensiones de validez—, no se fundamentan más que en uno o dos aspectos del mundo de la vida – usualmente el subjetivo—, dificultando el proceso de incorporación/validación para los individuos (Habermas, 1987) como sistemas cognitivos vivos y cerrados, que requieren del consenso para alcanzar una cooperación armónica.

En esa línea, ¿permitirá la conceptualización del Antropoceno contemplar aspectos que están transformando las ciudades morfológicamente, pero que nacen y se construyen desde planos inmateriales, insuficientemente guiados por sus bases biológicas, sociales y culturales? Insisto, no sé lo suficiente como para delimitar con precisión aquello que esté incluido en este concepto de Antropoceno, sin embargo y siguiendo estas argumentaciones con un ánimo crítico/reflexivo, me tomo la libertad de incorporarlas como una laxitud necesaria, pues abre abanicos de análisis que pueden complementar y enriquecer el debate en torno a la pregunta inicial, esto es, distinguir aquellos elementos presentes en la ciudad que evidencian rasgos distintivos de esta nueva época.

Ahora bien, continuando con esta idea de Antropoceno que se evidencia en la transformación material pero que parece provenir, como mucho de lo humano, del mundo de las ideas, parece pertinente abordar el tópico de la planificación y el rol del Estado, pues como mencioné con anterioridad, uno de los aspectos distintivos del periodo parece ser la incorporación de cambios e impactos a raíz de objetivos superiores, dígase sustentabilidad, calidad de vida, progreso o similares, a una tasa elevada y con efectos inmediatos en la vida de las personas y el sistema entorno, de manera tal que el Estado emerge como aquel ente que regula y da, en muchas ocasiones, vida a dichos cambios mediante la inversión e implementación – y por qué no también imposición— de una planificación fundada en demandas percibidas.

Ahora bien, y vuelvo al punto de lo inmaterial y sus ritmos. Será que estamos reificando al Estado, en el sentido de invisibilizar que así como responde a un conjunto denso de instituciones, planificaciones y procesos burocráticos, no deja de ser la forma de representar un conjunto de personas que mantienen su funcionamiento y que, por tanto, poseen agendas, capacidades e intenciones, que se ajustan a concesos relativos, pero que irremediablemente obedecen a la lógica de operar en base a sus experiencias, posibilidades de coordinación con sus pares y el entorno de una manera limitada y sesgada – y riesgosa por tanto—.

Lo anterior me parece la evidencia de un punto ciego que he ido intentando acercar durante el transcurso del presente ensayo: ¿Somos conscientes de ser sistemas cerrados, y estar inmersos en otro mayor – el planeta—, que requieren de interacciones construidas desde el entendimiento y reconocimiento mutuo, por ende, desde el respeto por la diferencia, sus límites y los ritmos necesarios para que dichas relaciones se den en un marco de incorporación natural que no transgreda a las partes para lograr cimentación?

Será que estamos presionando cambios que no somos capaces de incorporar transversalmente, por superar los ritmos que cognitivamente poseemos para ello, en base al mecanismo dialogo-coordinación recursiva y recurrente, generando comprensiones inacabadas o el establecimiento de agendas particulares (Varela, 2016), resultando en impactos indeseables – a nivel de la naturaleza y de la sociedad— y, por ende, reacciones adversas como la ansiedad y la violencia, pues ante una realidad que transgrede la mía, transito sobre una base de incertidumbre de la que debo defenderme, más aun si solo tengo acceso desde la percepción, a sus riesgos y crisis, y que se traduce en una insostenibilidad evidente, solo superable – aparentemente— a través de un nuevo cambio radical, en un ciclo cuando menos imperfecto.

¿Será este comportamiento, otra huella más de ignorar sistemáticamente la naturaleza y el modo que el ser humano – como parte de ella— requiere para transformarse con sentido, paradojalmente en la época que lleva su nombre, en pos de la velocidad, desconociendo el tan necesario diálogo (Maturana, 2015) sustentado en razones construidas sobre bases válidas, que tantas veces los cognitivistas han explicado, así como también se ha ignorado que el saber colectivo, acumulado en la memoria social, debe cultivarse de acuerdo a la capacidad de percollar de las ideas y del absorber de los individuos, en las lógicas que, como individuos, son  y somos capaces de tolerar (Morin, 1998)?

Lo anterior me parece una contradicción o tensión preocupante: en la propia época del hombre – Antropoceno—, se han ignorado aparentemente de forma sistemática las bases humanas y, por ende, biológicas del conocer y ser individuo, forzándose con premura a adoptar una serie de nuevos hábitos y objetivos normativos que, desconocemos, si el conjunto está preparado o dispuesto a incorporar a sus vidas de una manera tal que tengan un sentido y permitan la coexistencia pacífica y razonada – transversal y horizontal— (Maturana, 2015), sobre un entorno con recursos limitados – planeta/territorio/espacio—, que requiere de una elevada tasa de conciencia para el mantenimiento de las características que posibilitan dicha coexistencia.

Cuando estos razonamientos son aplicados a la escala barrial, o la desaparición de dichos conjuntos en las ciudades intermedias actuales en pos de grandes conjuntos monofuncionales, me parece que su correlación con la realidad es evidente: el lugar de identidad, relaciones y satisfacción de necesidades en la coexistencia que antes era el barrio, enfrentado a la vorágine de cambios modernos que enfrentaron ciudades como Temuco (Zumelzu & Espinoza, 2019), olvidó dichos mecanismos sociales/biológicos, erosionando las costumbres, destruyendo el ciclo virtuoso de la cooperación, que incluye aspectos racionales y económicos, siendo sustituidos por la amplia oferta de reemplazos que ofrece la ciudad moderna, mientras la instalación veloz de esos mismos cambios, no validados ni incorporados de manera transversal por los habitantes de la ciudad, generan una desarticulación que posiblemente deviene en la irritación de los unos sobre los otros, por los residuos de los mismos hábitos con los que compensan sus carencias.

Ejemplo práctico de dicha cadena argumentativa: el tráfico y los llamados tacos o atochamientos, que si bien obedecen a un conjunto amplio de variables como el crecimiento demográfico y su correspondiente parque automotriz entre tantas otras, tiene relación también con la ubicación de nodos distanciados que centralizan el comercio, la recreación, la vivienda o el espacio laboral, malogrando lo mencionado en torno a la satisfacción de ciertas necesidades a una escala barrial que reduzcan la necesidad de movilidad aunque sea en un grado menor.

Vinculado a lo anterior, me parece relevante el tópico de la polución, los tacos y la toma ciertas decisiones e incorporaciones viales cuestionables si se toma en cuenta la evidencia científica y las características termodinámicas de los motores a combustión interna, que elevan sus niveles de consumo – y contaminación por ende— exponencialmente ante las detenciones recurrentes, alterando aún más los ya críticos niveles de contaminación ambiental, impactando de igual manera en la calidad de vida de las personas, y aunque aquello requeriría un tratamiento mayor que excede a los del presente trabajo, el problema debe quedar planteado.

De modo que ante la pregunta central, a saber, ¿parecen las ciudades medias como Temuco ser capaces de afrontar un futuro sostenible? la respuesta debiese ser un no “proactivo”, en el sentido de sugerir que como parte de un presente Antropoceno, que manifiesta diversos síntomas de la no sostenibilidad, se requiere suplementariamente reconocer que no solo la imposición de equipamiento y el dialogo coordinado bastan, sino también el respeto por el individuo, el ciudadano, y sus espacios de libertad, entre los que cuentan los tiempos de percollar de las ideas – e información nueva por supuesto— y los procesos cognitivos correspondientes para que, en una gradualidad racional, este sea capaz de comprender e incorporar dichos cambios, de manera tal que todo cambio físico o inmaterial, se vuelva también cultural y por ende llevadero/sostenible, pues pasará a poseer la validez requerida para considerarse una adaptación necesaria o un consenso construido recursivamente –en una lógica tan habermasiana como cognitivista— (Maturana, 2015), es decir, sostenibilidad un sentido material e inmaterial, con bases epistemológicas humanas para los tiempos del hombre.

 

Trabajos citados

Gallini, S. (2020). ¿Qué hay de histórico en la Historiografía ambiental en América Latina? Historia y memoria, 179-233.

Habermas, J. (1987). Teoría de la acción comunicativa. Volumen 2: Crítica de la razón funcionalista. Madrid: Taurus.

Maturana, H. (2015). Del ser al hacer. Avellaneda: JC Sáez Editor.

Morin, E. (1998). Cultura y conocimiento. En P. W. Krieg, El ojo del observador (págs. 72-81). Ripollet: Editorial Gedisa.

Svampa, M. (2018). El Antropoceno como diagnóstico y paradigma. Lecturas globales desde el Sur. Utopía y Praxis Latinoamericana, 33-54.

Trischler, H. (2017). El Antropoceno, ¿un concepto geológico o cultural, o ambos? Desacatos, 40-57.

UNESCO. (18 de Mayo de 2021). https://es.unesco.org. Obtenido de https://es.unesco.org/courier/2018-2/antropoceno-problematica-vital-debate-cientifico

Varela, F. (2016). Acerca de los agentes cognitivos des-unidos. En F. Varela, Fenómeno de la vida (págs. 201-202). Santiago: JC Sáez editor.

Zumelzu, A., & Espinoza, D. (2019). Elaboración de una metodología para Evaluar Sostenibilidad en Barrios de Ciudades Intermedias En Chile. Revista 180, 80-94.

 

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Sociólogo de formación, optó por la disidencia forzando las fronteras de la disciplina, quizá buscando un poco de aire en una transdisciplinariedad que le abriese las puertas al libre pensamiento y la reflexión sin presiones, pues desde ahí parecía más fácil encontrar preguntas, tensiones y contradicciones, que sofocantes e intrincadas respuestas. Aficionado natural a los relatos, la ciudad y lo nocturno, desarrolló algunos intentos con las cuestiones urbanas como la imagen reconfigurada tras el crepúsculo, o la observación de la movilidad, sus alteraciones y transformaciones, siempre desde una perspectiva tan científica como humana.

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