miércoles, 23 septiembre 2020

HOBO, SEGUNDA PARTE

El último antiguo andariego

Antiguamente, desde hace mucho existían en las ciudades especies de personas muy particulares. Solitarios caminantes, que por esa época eran poco más que pueblitos en torno a una plaza para el mercado semanal. Andantes, viajeros solitarios de un devenir sin tiempo, caminantes sin rumbo aparente, simplemente hijos de los vientos, anónimos de paso de poco hablar. Estos desconocidos dejaron una huella que con el tiempo casi se borró, siendo en las villas conocidos personajes de por aquí y de por allá, gente dispersa y etérea, felices exploradores de un nuevo mundo que aparecía; la naciente vida urbana y las emergentes y negras ciudades industriales, humeantes y de recuerdos grises. Estos seres eran inaceptables interferencias dentro de un sistema que buscaba un amargo tipo de felicidad.

Poco a poco aquella especie de persona paso del desprecio al vacío y de éste al olvido. Tradiciones humanas que van quedando atrás, ignoradas por las cabezas renovadas, olvidadas,  registradas en los huesos de otros tiempos, los que hoy ya no viven, de nuestros antiguos bisabuelos que oyeron alguna vez alguna historia de estos andariegos urbanos, románticos y pobres, exploradores de un tiempo infinito y gozoso en la ciudad, de cuando la ciudad era un placer a disfrutar, de cuando el caminar por ella era un arte mayor.

Trataré de construir una especie de retrato de este ser al que conocí una vez, hace mucho tiempo, siendo yo aún un joven. Y digo trataré porque la escritura creo se me dio bien en algún momento pero hoy no lo sé. Acá va un atisbo de lo que pude escribir.

De paseo con el Hobo

Es imposible de explicar al menos para mí su forma de andar o que direcciones seguía ya que siempre terminábamos yendo por lugares que nunca había yo visto. Patios, sitios abandonados, galerías secretas. Siempre a pie, la verdad que el desprecio que sentía aquel hombre por los autos y los llamados vehículos rodados, era sin duda notorio, su medio de transporte era siempre caminar. “La ciudad nació como un lugar para caminar, nunca lo olvides”, me dijo. Andar y desandar por ahí, sin motivo aparente como siempre conociendo lugares nuevos, al menos para mí. Y en realidad, daba sentido a la forma que la ciudad tenía en su momento, los hilos de estos recorridos eran infinitos hasta que la velocidad invadió el terreno del eterno peatón. El que disfrutaba el absoluto silencio del deambular, el paseante. Esto necesitaba solamente de un par de cosas, ni coches, ni nada. Su combustible eran las emociones, los estados de ánimo, los que lugar tras lugar iba respirando, tendiendo contacto, con espíritus muy diferentes al suyo, me dijo lo siguiente:  “…con esto podíamos entendernos hasta ese entonces hasta el más salvaje de los espíritus era comprensible y hasta podías llegar a quererlo, sin juzgar a nadie, este espacio en el que nos encontrábamos desnudos ante el mundo, nos hacía estar conscientes de nuestras emociones, la ciudad era originalmente un cúmulo sentimental, algo muy emocional, ya no lo es, hoy es un cúmulo de hormigón y rabias”.

Me decía, tratando de comprometerme, que debía entender la métrica del andar, que no era lo mismo caminar rápido que lento o que muy lento, para él lo mejor era caminar muy lento, despacio, mirando cada escena como si fuese la última, conjugando la escena con todas sus dimensiones. Aún logro recordar cuando me dijo, «…a pesar del ruido y los coches, aún hay esperanza de que podamos volver a hacerlo, la ciudad es nuestra mayor obra de arte!!! «, me gritó.  Me dieron ganas de llorar, pero mejor vamos a algo más trivial, ya que si no, no termino el relato, ha sido muy intenso recordar y escribir estas viejas cosas.

Analizando su existencia, desde lo material, como lamentablemente analizamos a cualquier mortal que hoy sobrevive en las ciudades, la necesidad de tener, de poseer algo material para él creo pasaba por dos únicos e importantes elementos importantes: sus zapatos y un abrigo, dos cosas estrictamente necesarias, las que como si de una especie de carrocería se tratase, configuraban su estampa. Sus zapatos sin duda muy gastados pero que libres de la humedad pueden llevarte donde quieras, me decía. Nada de esos zapatos modernos de marca para falsos exploradores o montañistas acomodados, sus zapatos daban a entender en cuantos lugares había estado y qué clase de lugares había visto. Uno de sus trucos era colocar hojas de diarios recortados como plantillas, en la planta para mantener el calor. Lo otro era la forma de atarse los cordones para que no se mojen, son cosas que observé, quizás a estas alturas tonterías pero algunos de los pocos detalles que aún hoy recuerdo.

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Andariego y escritor, amante de los trenes, futbolista amateur. Su vocación por las letras y su amor por los viajes a ninguna parte le han hecho explorar territorios cada vez mas lejanos. Un romántico en toda regla. Sus escritos nos hablan de lo social y nos envuelven en torno a paisajes interiores de nostalgia y ensoñación. Su búsqueda constante de este oficio del ser, le hace hilvanar puentes entre estos territorios urbanos a veces hostiles que moldean a golpe de cincel las vidas de las personas de a pie.

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