sábado, 17 abril 2021

POST-POLÍTICA Y BRANDING

Es que acaso la ciudad entendida como polis –espacio donde confluyen los sujetos políticos–ha dejado de existir para dar paso a un mero producto que busca insertarse en el mercado global?. El city branding o marca de ciudad, como estrategia para la competitividad, reduce los espacios físicos y sociales de la ciudad a una imagen; escondiendo a la vez que facilitando aún más los procesos diarios de exclusión social. Más aún, la planificación de acuerdo a objetivos de marketing ha dado paso a un panorama donde la política se convierte en mera gestión (ya sea buena o mala); donde el disenso es eclipsado por la tecnocracia; y donde las expresiones y demandas populares son admitidas siempre y cuando se inscriban dentro de un marco preestablecido por discursos y aparatos dominantes. Todo esto para perpetuar un ‘realismo capitalista’ (Fisher, 2009) en donde el mercado permea toda lógica en cuanto de ‘hacer ciudad’ se trate.

Antes de desenmarañar el párrafo anterior, debo recalcar que las formas en que concebimos y percibimos la ciudad han sido, a través de la historia, fundamentales para configurar la forma, la experiencia y la gobernanza de la urbanidad. Me refiero a que las ciudades son a menudo construidas, ya sea explícita o implícitamente, como maquínicas, sistémicas, corpóreas u orgánicas (Viga et al. 2005:1392). Sin embargo, más que metáforas, dichas construcciones de la ciudad definen, simultáneamente, los problemas y posibles soluciones de ésta. Una ciudad enferma necesita curarse; una ciudad ineficiente necesita volverse eficiente; un sistema urbano necesita consolidarse, etcétera, etcétera. Pese a esto, sostengo que lo que subyace a cualquier conceptualización de la ciudad es la capacidad de dichas metáforas para movilizar o excluir a determinados actores y legitimar ciertas agendas. En otras palabras, la concepción y percepción de la ciudad es, esencialmente, una cuestión política. Ya sea consciente o inconscientemente (dependiendo de los aparatos ideológicos vigentes), la materialización de la ciudad está definida a partir de cómo dichas concepciones son disputadas o consensuadas en la práctica.

Ahora entonces, pretendo abordar mi primera pregunta a través de una base conceptual que interrelaciona la producción del espacio con procesos de lo político, enfocándome en una condición que ha sido denominada por varios autores como ‘post-política’ (Ranciere, 1996; Swyngedouw, 2009, 2011; Zizek, 2008). En tal caso, si consideramos que la ciudad es un escenario que simultáneamente configura y es configurado por procesos de despolitización y repolitización, ¿qué es entonces o de qué forma se puede hablar de una ciudad post-política?.

 

Una aproximación a la ciudad desde la (post)política

La idea de ‘ciudad post-política’ no hace referencia a una situación temporal –que antes había política y ahora no– sino que es un concepto que captura el modo post-ideológico, despolitizado y antidemocrático de gobernanza urbana que se configura a través de la lógica neoliberal (Swyngedouw 2007, 2009, 2011). La post-política está ligada a lo que Rancière llama “la utopía realista” (1992), en la cual, la afirmación de Thatcher de que “no hay alternativa” y que hemos llegado a “el fin de la historia” de Fukuyama constituyen axiomas naturalizados; supuestas verdades incuestionables comprobadas por el hecho de que hoy en día “es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo” (Jameson, 2003). Hablar de una condición post-política de la ciudad es describir un estado de las cosas en donde lo político –entendido como la dimensión de antagonismo, conflicto y desacuerdo inherente a toda sociedad– está crecientemente colonizado por mecanismos tecnocráticos que operan dentro de un marco incuestionable de democracia representativa, economía de libre mercado y liberalismo cosmopolita (Wilson & Swyngedouw, 2014:6). Donde la política –entendida como un proceso plural de emancipación propiamente polémico (Rancière, 1992)– es recluida a la elaboración de ‘políticas públicas’ o policy-making. En términos institucionales, esto significa que las disonancias socio-políticas son relegadas a la esfera de lo económico: a crear entornos adecuados para los negocios, atraer al capital y mantener la confianza de los inversores, etc. (Wilson & Swyngedouw, 2014). En la ciudad post-política el debate y el desacuerdo siguen existiendo, aunque éstos operan dentro de un modelo consensuado y aprobado por las élites (Swyngedouw, 2009:610), respondiendo a una lógica que distribuye[1] todas las partes de la sociedad en “el lugar que les corresponde” o “donde deben de estar” de acuerdo a las jerarquías, posiciones y funciones de un orden social naturalizado o consensuado (Rancière, 1996).

Ahora bien, la idea de la ciudad post-política es íntegramente un punto de referencia teórico y no necesariamente el resultado de un análisis empírico (Beveridge & Koch, 2017), lo cual supone que este marco general tiene que ser comprendido a través de políticas urbanas, estrategias y coyunturas realmente existentes en un ámbito urbano determinado. Es así que el caso de Guadalajara y su gobernanza urbana ‘ciudadana’ y empresarial me sirve de ejemplo para ilustrar brevemente esta condición. Específicamente me refiero a ciertas políticas/estrategias urbanas tales como el branding de ciudad –en paralelo al disciplinamiento y privatización de espacios públicos– por un lado; y un peculiar cambio en el paisaje político de la ciudad por el otro lado: un giro ‘del activismo a la tecnocracia’ acompañado por renovados procesos oficiales de participación ciudadana. En combinación, éstas dinámicas ilustran un orden urbano naturalizado que localiza a la economía de mercado como figura única –eficiente y justa– de distribución y manejo de los recursos en la ciudad, y que pueden ser leídas, creo yo,como manifestaciones empíricas de una condición comparablemente post-política.

 

Del activismo a la tecnocracia

Dentro del paisaje local, una de las formas en la que se puede leer de manera un poco más clara el cambio de paradigma de ‘lo político’ –entendido como aquellas acciones que buscan interrumpir la continuidad del sistema imperante– hacia ‘lo administrativo’, es la incorporación de activistas al gobierno junto a empresarios, técnicos y políticos.

Dichos activistas previamente se enfocaban en cuestiones urbanas, destacando aquellas que giran alrededor de la movilidad y el ciclismo urbano. Éste último asociado con la sustentabilidad y la justicia social.

El reciente gobierno activista-empresarial ha logrado instalar nuevos procesos de participación ciudadana; desde consultas públicas sobre planes y proyectos urbanísticos, hasta ejercicios de presupuesto participativo y ratificación de mandato [2]. Esta ‘apertura’ del gobierno hacia con la sociedad civil ha generado, por un lado, procesos de re-politización a diferentes escalas. Por ejemplo, han surgido ‘nuevas’ asociaciones de vecinos que–aunque muchas podrían considerarse de naturaleza NIMBY–llevan acabo acciones colectivas, a la par de que han ido creando alianzas con demás movimientos que pugnan por objetivos comunes (contra de la privatización de espacios y servicios públicos). Por otro lado, y paradójicamente, este ‘reconocimiento’ de los vecinos y sus opiniones por parte del gobierno no ha hecho más que reforzar sus estatus de ‘gobernados’. Gracias a las consultas públicas sobre los futuros planes urbanísticos por ejemplo, los vecinos son tomados en cuenta justamente como “vecinos”, por lo que automáticamente se les identifica como un grupo que no cuenta con legitimidad para ejercer un disenso en cuanto a planificación urbana se refiere. En la ciudad post-política, los vecinos cuentan con el derecho, e incluso son alentados a dar su opinión y a discutir dentro de un marco previamente establecido por especialistas (como lo son los “planes parciales de desarrollo urbano”), mas no se les permite cuestionar dicho marco. Más aún, al ser ‘tomados en cuenta’, a los vecinos se les asigna un lugar bien definido y estático dentro del orden social, lo que supone la supresión de la política –entendida como un proceso de emancipación o de ruptura del orden social dominante.

Hubo incluso alguno de estos activistas transmutados a tecnócratas que en efecto hacía hincapié en “los límites de la democracia” (Reyes, 2016). Justificando intervenciones urbanas “para dummies” en donde se afirma abiertamente que el desarrollo de la ciudad, por más participativo y ‘consultador’ es ultimadamente definido por ‘especialistas’ (antes activistas y ahora parte del gobierno) que saben ‘lo que es bueno para la ciudad’, y que están respaldados por la ley (o mejor dicho, por el aparato del estado). Ahí mismo se le recuerda a los “vecinos” qué es lo que pueden y qué es lo que no pueden exigir de acuerdo a su posición dentro del sistema, de acuerdo a la ‘distribución de lo sensible’ (Rancière, 2004).

Se le recuerda a los vecinos que existe un acuerdo mas o menos universal –entre las élites sociales y políticas– sobre los problemas y posibles soluciones de la ciudad. Y que cualquier acción u opinión que se circunscriba ‘fuera’ de dichos mecanismos y discursos dominantes, simplemente será considerada ‘ruido de fondo’ y no un discurso proveniente –o una puesta en práctica– del principio democrático de “la igualdad de cualquiera con cualquiera” (Etchegaray, 2014). En otras palabras, los otrora activistas de la movilidad no motorizada afirman que en efecto, hay sujetos más iguales que otros. Y todavía nos dejan en claro que vivimos bajo una ‘democracia’ con límites bien definidos (Reyes, 2016), la cual, para Rancière lleva el nombre de “la policía” (1996).

En la ciudad post-política, en efecto, se pretende que ciertos proyectos, políticas y estrategias urbanas se vuelvan ‘impolitizables’; que se elimine toda posibilidad de disenso sobre ellos. Esto se logra aludiendo, primeramente, a un cierto populismo que invoca a “los ciudadanos” como un sujeto homogéneo y con límites democráticos, y a “la ciudad” como un mero recipiente donde las autoridades imponen sus agendas e ideologías dominantes respaldadas por argumentos técnicos o hasta ‘científicos’; por temas  considerados ‘externos’ a la política. Con lo anterior, claro está, no quiero decir que la ciencia y las argumentaciones técnicas deban de ser eliminadas o que no tengan valor alguno. Simplemente pretendo resaltar cómo es que en la post-política, ciertos actores intentan elevar un determinado sensorium –o forma de percibir el mundo– al nivel de lo ‘natural’ o universal. Puesto en otras palabras, se puede hablar de una condición post-política cuando en nombre de la ciencia y de la razón se pretende evacuar el disenso.

Es así que al contrario de lo que se cree, los actuales mecanismos de participación ciudadana y la aplicación de medidas ‘técnicas’ –tan típicos de la gobernanza urbana neoliberal– no amplían ni hacen valer la democracia, sino que dichas modalidades justamente buscan eliminar la dimensión antagónica que forma la base de ésta (Swyngedouw, 2011, Rancière, 1999), configurando entonces un panorama ‘post-político’.

La política por otra parte, es aquella actividad en la cual se pone en práctica el principio democrático de “la igualdad de cualquiera con cualquiera”, por lo que en este sentido ‘política’ y ‘democracia’ son equivalentes.En la democracia, el pueblo tiene la legitimidad para decidir no solo cuales ‘derechos’ se quitan y se ponen, sino también para cuestionar la lógica misma con la cual se define qué es un derecho. Visto de este modo, la política no tiene límites, y por eso mismo la democracia es siempre un escándalo para las élites; provoca odio[3] y repudio hacia ella porque lo que propone es que cualquiera puede gobernar.

Es así que la ciudad post-política se organiza alrededor de “un sistema ordenado de diferencias, donde cada parte de la sociedad tenga su lugar [vecinos, ciudadanos, gobernados, y gobernantes] y donde el antagonismo y el conflicto se disuelvan.” (Etchegaray, 2014:42)

Justamente cuando emerge un nuevo grupo(a través de acciones o discursos que incluso puedan parecer ‘irracionales’), el cual no ha sido tomado en cuenta y por lo tanto no tiene un lugar asignado dentro del orden policial es cuando se puede hablar de política; ya que rompe con la distribución de partes establecida, y pone en cuestión las jerarquías existentes en el orden social. Y en ese sentido, un sistema en donde el disenso sea admitido y reconocido es, a mi parecer, un requisito para configurar una ciudad verdaderamente democrática y donde se ejerza el tan anhelado derecho a la ciudad: el derecho y legitimidad de transformar el espacio urbano de acuerdo a los deseos, voluntades y necesidades de quienes lo habitan.

 

De la ciudad-como-mercancía a la ciudad-como-obra.

https://guadalajaraguadalajara.mx/

Paralelamente, en Guadalajara se trabaja arduamente para construir un aparato innovador de comunicación y marketing. Un gobierno que trabaja para sí mismo, apuntalando su legitimidad a cada paso que da (por insignificante que éste sea)haciendo uso de las redes sociales. Mientras tanto, la grave crisis de infraestructura hidrológica de la ciudad es condenada al olvido; el inhumano déficit de áreas verdes se agrava gracias a la creciente privatización de la ya escasa tierra pública; y el carácter pluralista y libre del centro de la ciudad es lentamente reemplazado por paisajes genéricos e hiper-regulados de consumo global.

Con estas líneas no intento poner en cuestión la calidad del proyecto de marketing de ciudad impulsado por el municipio, ni tampoco se trata de una crítica hacia los componentes de la marca de ciudad “Guadalajara Guadalajara”; sino más bien quisiera reflexionar sobre el concepto y pertinencia de una ‘marca de ciudad’ dentro de un contexto urbano profundamente desigual, y cómo éste se puede ligar a una condición post-política.

El objetivo del branding, sea cual sea, es el de comercializar y vender cosas. El branding trata de posicionar y diferenciar de modo visible productos bien definidos dentro de un mercado determinado, resaltando sus particularidades y elementos únicos. En ese sentido, una marca de ciudad intenta enmarcar el ‘todo’ –ciudadanos, espacios y las formas en que se interrelacionan– como una unidad identificable (con una identidad auténtica), que viene empaquetada y publicitada como un producto diferenciado dentro del mercado global de ciudades.

El branding de ciudad es una herramienta que intenta articular los espacios físico-sociales de la ciudad y su cotidianidad con las lógicas del mercado. Es un instrumento que se ocupa primeramente de la construcción de una ciudad-como-imagen; persigue un simulacro de la realidad, escondiendo las contradicciones sociales (tales como la pobreza y marginalidad) para atraer de manera más eficiente al capital. Dicha estrategia del branding, por una parte, normaliza una concepción empresarial de que la producción del espacio y la ciudad es únicamente el quehacer de un consorcio (con sus respectivas estructuras gerenciales), y da por sentado que el valor de cambio y la inversión es lo único que se debe perseguir en las políticas públicas.

Mad about you…!, si no tienes Logo, no existes. Fuente: http://andystalman.com/en/cities-are-starting-to-embrace-branding/

Está claro que el city branding ya no es una excepción, sino uno de los pilares de las políticas urbanas contemporáneas. Sin embargo, al convertirse en un imperativo, la cultura política-administrativa es igualada con la empresarial, por lo que el desarrollo de la ciudad se subsume (en toda su complejidad y riqueza) dentro de conceptos econo-céntricos. Bajo esta forma de gobernanza, la ciudad se concibe como un producto; algo para venderse en lugar de compartirse y consumirse en lugar de vivirse. Cómo resultado, los espacios urbanos producto de nuestra cultura material e inmaterial no se consideran un recurso común ni una constelación de valores de uso, sino que pasan a ser la materia prima de la ciudad-como-mercancía. Un recurso siempre disponible para las élites políticas y privadas –para los dueños de la marca de ciudad (Crossa, 2009; Hodkinson, 2012; Swyngedouw, 2011).

Siguiendo esta misma lógica, si en efecto, nuestra cultura, nuestros espacios y nosotros mismos ‘hacemos’ la ciudad, realmente somos nosotros quienes cosechamos los beneficios al promoverla y mercantilizarla? ¿Cuáles serían nuestros derechos como ‘accionistas’ o ‘productores’ de la marca de la ciudad?

Fuera de críticas y análisis a estos modelos tales como en Barcelona (Delgado, 2007), existe poca literatura y menos ejemplos en la práctica que aborden propositivamente estas cuestiones. Hay quienes hablan de branding ‘crítico’, ‘inclusivo’, o‘democrático’; abogando por una socialización de la marca de ciudad, incluyendo una democratización de sus estrategias y redistribución de sus supuestos beneficios económicos. Ahora bien, si hipotéticamente se pudiera darle al branding de ciudad un significado suficientemente balanceado, integrativo y participativo para que beneficie a toda la comunidad –como lo proponen varios autores (Anttiroiko 2014)– entonces, a mi parecer, el concepto mismo de branding no sería necesario. Ya no estaríamos hablando de marcas, sino de estrategias urbanas sociales que van más allá de la racionalidad de mercado. Estaríamos hablando de democracia y de política verdadera, de acciones socializadas y colectivas que se escapan de la estructura jerárquica empresarial de la cual el branding forma parte. Hablar de branding ‘democrático’ supone perpetuar esa misma lógica que sigue priorizando las visiones y estrategias económicas para resolver temas propiamente sociales. En otras palabras, hablar de branding ‘inclusivo’ invita a ser partícipes dentro de un entramado establecido (una empresa) pero no a cuestionar la validez o pertinencia del entramado mismo. Al aceptar de antemano dicho sistema, se delegan –o simplemente pasan a segundo plano– las dimensiones sociales, políticas y ecológicas necesarias para construir una ciudad igualitaria, justa y sostenible. Y se acentúa la idea de que no existe el desarrollo de la ciudad fuera de la competitividad económica.

Llegar y llevar, Ciudades a la venta. El «Barómetro» del Branding. Elaborado por la consultora Saffron, a pedido del periódico The Guardian. https://static.guim.co.uk/sys-images/Guardian/Pix/pictures/2014/5/2/1399027048217/Global-City-Brand-Baromet-013.jpg

 

Ultimadamente, me parece que la cuestión del branding tendría que ir mas allá de cuestionar si estamos de acuerdo o no en utilizar estrategias empresariales para promover el desarrollo económico de la ciudad, y podría reformularse como ¿en qué medida queremos entrelazar nuestra vida cotidiana (y su reproducción) con las lógicas del mercado?

Alternativamente a esta idealización, me remonto a la obra de Lefebvre, donde conceptualiza la ciudad como una gran obra (oeuvre) de la humanidad. Es decir, una gran creación colectiva cercana a una obra de arte construida a través del día a día. Esta idea de la ciudad-como mercancía es diametralmente opuesta a la idea de la ciudad como ouvre. Sin embargo como nos recuerda Vigar y otros (2005), la forma en la que conceptualizamos la ciudad influencia profundamente la elaboración de políticas urbanas y aún más los objetivos específicos de éstas (ya que los objetivos generales siempre serán los mismos: buscar el beneficio general de la ciudad, del pueblo, de la sociedad, etc.). Reducir la ciudad a una mercancía es negarle su valor de uso, eso es, instrumentalizar la más grande obra común de la humanidad (la ciudad donde habitamos) para facilitar procesos desiguales de acumulación, y por lo tanto, perpetuar las inequidades sociales existentes al mismo tiempo que seguir desatendiendo los problemas socio-ecológicos más urgentes.

En el plano político, al relegar la producción de la ciudad a cuestiones técnicas o especializadas (tales como el branding o incluso la planificación urbana), se excluye de antemano cualquier posibilidad de democratización aludiendo a lógicas jerárquicas y proto-paternalistas donde la gente “no sabe lo que es bueno para ellos” o simplemente el pueblo no tiene la legitimidad de disentir al no ser ‘especialistas’.Aquí es importante recalcar que la política (que para Rancière es sinónimo de democracia) es aquella que busca interrumpir el orden natural(izado) de las cosas y no es simplemente una maquinaria que gestiona las diferencias e intereses de grupos y personas dentro de un sistema consensuado. La política, en nuestro caso específico, sería aquella práctica que cuestione e interrumpa la lógica empresarial en su conjunto, y no simplemente una disputa sobre las partes y componentes de la marca de ciudad.

Por último, Quizás una de las maneras de hilar el tema del branding de ciudad con la paradójica(¿?) fusión del activismo con la tecnocracia como manifestaciones empíricas de una condición post-política, es resaltando la atmósfera generalizada en la cual estos fenómenos se desarrollan. Me refiero a lo que Fisher denomina“realismo capitalista”. Fisher menciona que dicho realismo capitalista está basado en un ‘principio de realidad’ ideológicamente mediado que se presenta como natural y que constituye la forma más elevada de ideología; la ideología que se presenta como un hecho empírico que tendemos a percibir como no-ideológico (2009:17). Más aún, “el realismo capitalista ha instalado con éxito una ‘ontología de negocios’ en la que simplemente es obvio que todo lo que existe en la sociedad, incluida la sanidad y la educación, [y especialmente en nuestro caso, la gobernanza y activismo urbano] debe funcionar como una empresa.”(2009:17, mi traducción).

Resulta crucial cuestionar las narrativas del urbanismo de marca®, ya que la ciudad, así como lo que sucede dentro y fuera, sus sucesos políticos, sus sociedades en movimiento y sus especificidades espaciales no pueden ni deben ser reducidos a una imagen sin que pierdan sus matices y complejidad, y con ello su potencial para ensamblar una auténtica identidad y actividad urbana capaz de producir espacios verdaderamente políticos, plurales e inclusivos.

Finalmente, este es un llamado a construir más sujetos y menos objetos. La comodificación de todo, incluyendo la riqueza intangible de nuestros espacios, nuestra cultura y nuestro día-a-día, no puede sino convertirse en una distopía realmente existente. Un mundo donde todo se cosifica y se mide de acuerdo a lo que Mbembe llama “la primera teología secular global”, compuesta por los dogmas de “la libertad individual, la competencia del mercado, el imperio de la mercancía y de la propiedad, el culto a la ciencia, la tecnología y la razón”.

 

Referencias

 

[1] Rancière se refiere a este sistema como una “distribución o partición de lo sensible”. Véase Rancière 1996.

[2] Vease: http://www.congresojal.gob.mx/?q=boletines/jalisco-cuenta-ya-con-las-figuras-de-presupuesto-participativo-revocaci-n-de-mandato y https://guadalajara.gob.mx/planes-parciales/

[3] Véase “El Odio a la Democracia” de Rancière (2006).

Swyngedouw, E. (2011) “The Zero-Ground of Politics: Musingsonthe Post-Political City” in Urban Asymmetries: Studies and Projects on Neoliberal Urbanization, eds. T.Kaminer, M. Robles-Durán & H. Sohn,1ª edn, 010 Publishers, Rotterdam, pp. 22–33

Reyes, F. (2016). Los limites de la democracia. Más por Más Gdl. 9 Diciembre. En línea: https://www.maspormas.com/impreso-gdl/edicion-impresa-9122016-2/

 

REFERENCIAS CITADAS EN EL TEXTO

Anttiroiko, A. V. (2014). The political economy of city branding. Routledge.

Beveridge, R., & Koch, P. (2017). The post-political trap? Reflections on politics, agency and the city. Urban Studies, 54(1), 31-43.

Crossa, V. (2009). Resisting the Entrepreneurial City: Street Vendors’ Struggle in Mexico City’s Historic Center. International Journal of Urban and Regional Research, 33(1), 43- 63.

Delgado, M. (2007). La ciudad mentirosa: fraude y miseria del» modelo Barcelona» (Vol. 257). Madrid: Los libros de la Catarata.

Etchegaray, R. (2014). La filosofía política de Jacques Rancière. Nuevo Pensamiento, 4(4), 2.

Fisher, M., & Mattioli, V. (2018). Realismo capitalista. Nero.

Fisher, Mark (2016). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Buenos Aires: CajaNegra.

Hodkinson, S. (2012). The new urban enclosures. City, 16(5), 500-518.

Lefebvre, H. (1974). La production de l’espace. L’Homme et la société, 31(1), 15-32.

Mbembe, A., Mongin, O., Lempereur, N., & Schlegel, J. L. (2006). What is postcolonial thinking?. Esprit, (12), 117-133.

Rancière, J. (1996). El desacuerdo. Filosofía y política. Nueva Visión. Buenos Aires.

Rancière, J. (1992). Politics, identification, and subjectivization. October, 61, 58-64.

Rancière, J. (2000).  Le partage du sensible. Paris: La fabrique.

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Swyngedouw, E. (2009). The zero-ground of politics: Musings on the post-political city. New Geographies, 1(1), 52-61.

Zizek, S. (2008). In Defense of Lost Causes.

Viga, M. D., Dickinson, F., & Castillo, T. (2005). Participación comunitaria y educación ambiental para la construcción de una cultura ambiental responsable. Avance y Perspectiva, 24(4), 13-21.

Wilson, J., & Swyngedouw, E. (2014). Seeds of dystopia: Post-politics and the return of the political. The post-political and its discontents: Spaces of depoliticization, spectres of radical politics, 1-22.

 

 

 

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Arquitecto urbanista e investigador de asentamientos humanos. Actualmente investiga la intrínseca relación que existe entre forma urbana y procesos de lo político para poder decir que, así como damos forma a la ciudad, luego la ciudad nos moldea.

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