Friday, 3 December 2021

HOBO, El último peatón. Última Parte.

 

Recorridos, deambulares.

Estos eran su obsesión infinita, sin duda los recorridos incluso los que pueden parecer muy recurridos, para él tenían el significado de ser la antesala al descubrimiento inesperado de un lugar nuevo, desconocido, una forma de perderse en la ciudad, ¿Quién no quisiera perderse en una ciudad?, me dijo, si es lo más hermoso descubrir cuando este germen invade a la creación humana, lo raro está ahí a la vuelta de la esquina, atrévete a cruzar la frontera!, me decía varias veces insistente. Esa frontera imprecisa es riquísima, me dijo, es imperceptible si vas rápido, totalmente invisible, pero cuando logras estar dentro, esa frontera aparece y se transforma en un estado de ánimo. La ciudad es un estado de ánimo, me dijo insistentemente. Es como el jazz o el bossa, esas atmósferas auténticas, si logras descubrir alguna algún día, son el elíxir de la vida, debemos pensar menos y sentir más. Inteligencia de los pies, me dijo es lo que hemos perdido. Lo silvestre como riqueza de lo humano, lo común hoy es sacralizado por eso, porque ya no quedan personas silvestres.

En ese único día de recorrido que hicimos juntos, traspasando una avenida ruidosa y tremenda llena de autos, vimos una cruz de cemento llena de velas derretidas y unas flores medio marchitas en el suelo, muy triste me dijo algo revelador:

“Es hoy terrible ver cómo nos han restringido la libertad de movimiento, por ejemplo el cruce solo es posible en las esquinas, porque ellos lo necesitan, nosotros no. Me sorprende terriblemente que incluso puedas llegar a pagar con tu vida por cruzar en otro lado que no sea la esquina, me dijo indicando esa pequeña cruz en recuerdo de alguien. Ese es el castigo, me dijo, somos perros de Pavlov. Esto aunque no te des cuenta, cercena tu cabeza en pedazos geométricos sin ninguna lógica ni cariño y te obliga a moverte de una forma por la ciudad. Tal cantidad de artefactos pesados deambulando a gran velocidad está en las antípodas de lo que fue alguna vez este sitio. Eso hace daño. Somos seres tremendamente blandos e imperfectos, me dijo, lentos de andar, nos gusta la contemplación y lo peor de todo me dijo irónicamente es que no tenemos alas para atravesar las grandes calles y autopistas que rebanan en miles de pedazos nuestra vida en la ciudad. Me acerco a veces a esos enormes surcos que cortan la ciudad entre un lado y otro, veo allí pasar los trenes, esos que van muy rápido, los de alta velocidad, llenos de ejecutivos, turistas y gentes con traje, apenas los diferencio a través de la ventana, pero ellos ni siquiera me ven al pasar. Parece que cuanto más rápido viajan algunos, mas todavía aumenta su distancia con los que caminamos. Esa gente del coche oscuro va demasiado rápido para entender el mundo. Nunca lo harán, ni siquiera pisan el suelo y van siempre de una ciudad a otra haciendo importantes trámites, de un país a otro, al fin y al cabo son ellos quienes planifican nuestro futuro y lo hacen a la medida de quienes nunca caminan, para ellos la ciudad es solo territorio de paso y sus habitantes unas cuantas hormigas.

La ciudad puede ser poesía, me dijo. La poesía al igual que la ciudad puede llevarte a lugares insospechados, ahí es donde se vuelve poesía. Atravesar una ciudad tiene sentido para ti cuando hay un corazón donde llegar, afirmó. Yo estaba de acuerdo. Pero no siempre es así, me corrigió, el recorrido y lo que te muestra, suele ser una estrofa infinita de microlugares, millones de fotos por segundo, concebidas de manera dinámica al final la calle es un hervidero de imágenes, no sé como los automovilistas pueden sobrevivir a semejante saturación de información. Tenía razón.Lo hermoso es que tus ojos solo pueden entender unas cuantas imágenes a la vez. Todo eso me dejó claro el porqué al final siempre este tipo buscaba espacios pequeños donde estar, el silencio, la pausa y la tranquilidad, lugares pequeñitos, micro espacios como quizás les podríamos llamar.

 

Resumen: Un Código para la libertad

Recuerdo a medida que íbamos caminando y hablando, cada vez la conversación saltaba a veces por una aparente superficie, pero de pronto, alcanzaba una profundidad que me dejaba pasmado, recuerdo muy bien esta última conversación que mantuvimos, acá va citada de una transcripción , mas o menos textual:

“…hay muchas historias que no dejan de ser grandes mentiras y mentiras que también son verdad, lo del decálogo no te lo creas, no deja de ser una idea utópica que tuvieron algunos alguna vez sin darse cuenta que el tiempo todo lo cambiaría, que ya no podría ser posible el ejercer la libertad en ningún sitio, ni siquiera en la ciudad, que fue creada para eso. Hoy las dimensiones de la ciudad han sido aplanadas, para que las entiendan los tontos y para que se venda fácil, lo complejo, lo raro y lo profundo no está a la mano ni es desechable, ni tampoco es algo más por solo parecer algo misterioso y oculto. Pero no es tan así, hoy todo se mueve a gran velocidad y la verdadera realidad va muy lenta, suceden muchas cosas en el intertanto. Si quieres llegar ahí, camina me dijo, no sé si lo logres, para entrar en eso se necesita tiempo y tiempo es lo que menos tienes, por lo que para ti es difícil entrar, pero una vez que quieres acceder es fácil. No te tortures, es posible que si lo quieres hacer lo harás antes que entenderlo…”

Hoy seres como nosotros no tenemos voz, pero tenemos raíces. Ya sabes, la historia da revanchas ya que es algo orgánico, ciclos que vuelven siempre a repetirse y a dar otra oportunidad, porque lo importante de la vida permanece siempre, aunque traten de borrarla con asfalto, humo y coches, nuestras raíces son nuestros pies en el suelo y la tierra.

Me dijo al otro día, nosotros, tenemos una manera de sobrevivir. Vivimos en esa aparente oscuridad orientados claramente por la exquisita chispa que es cada uno y por el derecho a la libertad de nacimiento de cada alma, así debería ser hasta seguir la huella del oeste. No terminé de entender todo el mensaje pero directamente le dije que me habría gustado hacer algún día lo que él. Nunca es tarde, me dijo.

Al final, ya no estaba y vi que me dejó un pequeño símbolo dibujado en el cuaderno, que lo escanee y puse aquí mismo ya que pensé que podía ser interesante

aunque su significado fue ciertamente inesperado y que me hacía reflexionar, pensé que aun me deparaba cosas que tal vez no esperaba o tal vez me equivocaba y debía poner fin a este ensayo pronto y continuar mi vida y mis estudios.

Nota a no olvidar: Esta aventura iniciática me llama, las hileras de árboles y la lluvia intermitente están ahí esperando, pero no puedo ni debo. Mejor será terminar este cuento, enviarlo y ver si la gente lo lee, que creo será mucho más provechoso tal vez que irse a andar por ahí sin rumbo.

 

Post scríptum

Este artículo como dice en su título fue escrito como una intención de cuento el año 2015 en Bruselas, para ser presentado al concurso denominado la revolución Peatonal. Fue encontrado entre sus papeles impresos, con algunas correcciones a lápiz rojo en él. Perteneció y al parecer fue escrito por el escritor Onofre Salazar. De quien nunca más se supo. Su despacho sigue vacío, Dystopia digital y tod@s sus miembros, agradecen a su familia que gentilmente nos envió el escrito como queriendo cumplir su voluntad expresada en el mismo, aún espera que regrese, agradece cualquier información respecto a su paradero y se pregunta dónde está y porque se fue sin motivo alguno…

  1. N. de T.: El extraño signo dibujado por su amigo fue posteriormente buscado en diferentes fuentes, hasta que se dio con un antiguo diccionario de símbolos de ruta hobo y su significado tiene muchas acepciones, entre ellas “NO TE RINDAS”.

Música para escuchar la atmósfera de este cuento…

 

 

 

 

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Andariego y escritor, amante de los trenes, futbolista amateur. Su vocación por las letras y su amor por los viajes a ninguna parte le han hecho explorar territorios cada vez mas lejanos. Un romántico en toda regla. Sus escritos nos hablan de lo social y nos envuelven en torno a paisajes interiores de nostalgia y ensoñación. Su búsqueda constante de este oficio del ser, le hace hilvanar puentes entre estos territorios urbanos a veces hostiles que moldean a golpe de cincel las vidas de las personas de a pie.

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