sábado, 17 abril 2021

Colectivo Acento Ortopédico_Cuento N°4: El Grillo

La primera vez que supe de él, fue un caluroso día de enero. Estábamos los veintiuno parados en la cancha de la población “Las Obras”, con un balón al medio y sin poder darle un puntapié por la disparidad de los equipos.
En ese momento uno de los lugareños nos iluminó con la solución:

-Invitamos al «Grillo», él siempre quiere jugar- dijo.

Un minuto más tarde estábamos los mismos veintiuno asomándonos en un improvisado cerco hecho de latas y tablas, gritándole a un joven que supuestamente estaba en el interior, si quería venir a jugar con nosotros; y en los sesenta segundos siguientes, nos encontrábamos frente a la puerta de su vecino preguntándole si tenía zapatillas número 41 para prestarle al posible nuevo integrante de nuestro partido.
Ese era el Grillo. No era verde, no tenía ojos saltones, ni menos piernas flacas; pero desde que comenzó el partido, se hizo notar adjudicándose el puesto de volante de creación, y emitiendo un constante silbido al pasar que servía de referencia para que sus compañeros sepan siempre donde está ubicado y ser una alternativa de juego.

Comenzado el año escolar lo volví a ver unos tres cursos más arriba que el mío. Tranquilo, callado, bajo perfil, podría haber pasado casi inadvertido, sino es porque se dio inicio al primer torneo de futbolito interno del liceo. Entre las reglas estaba el poder incorporar un jugador de refuerzo de otro curso, y ahí el Grillo se volvió popular; tenía ofrecimientos hasta para que juegue por cuarto medio, todos tratando de negociar su pase con lo que se tenía a mano para tentarlo: hacerle una «movida» con alguna compañera, las pruebas de química del año pasado o la mitad del premio del campeonato sólo para él.
Decantó por la última oferta jugando por tercero medio B. Corrió, marcó, quitó, habilitó y goleó. Sus compañeros de equipo quedaron con el orgullo de ser campeones y «el Grillo» tomó 2 pollos asados, 2 kilos de pan y 3 bebidas y se fue para su casa dejando la otra mitad del botín para los 11 jugadores restantes.

Pasó el tiempo y entre recreos, cuando miraba por la ventana hacia el patio, las veces que me echaron de la sala, o por en alguna cancha fuera del horario de escuela, el Grillo siempre estaba ahí, jugando de diez. Era imposible que en todo el pueblo no haya un partido en algún terreno de juego por más improvisado que sea, sin que él sea parte.
De hecho los únicos momentos que lo vi desatendiendo al balón fue en los veranos, cuando no estábamos en época escolar. Trabajaba en un carretón tirado por un caballo, trayendo greda desde las afueras del pueblo y llevándola a una fábrica de ladrillos que estaba camino a mi casa. Reconocerlo era fácil, porque en su pasar se escuchaba ese característico silbido que tenía, como si lo fuese entrenando para cuando esté en la cancha.

Sin darme cuenta, entre mi estudiar y su jugar a la pelota, nos volvimos de cursos paralelos. A pesar de que le restaban 2 años para tener la mayoría de edad, pero al menos 3 para salir de la enseñanza media, él Grillo se mantenía inmutable, preocupado de jugar, y los profesores, ya sea por considerarlo un caso perdido o por comprenderlo demasiado, lo dejaban ser sin darle importancia si entraba a la sala, se sumaba a algún partido que se esté disputando, o se quedaba sólo disparándole a un arco vacío.

Se había vuelto un bache en la educación, pero no de esos tradicionales jóvenes rebeldes, que no entra a clases o se escapaba del establecimiento, sino él más bien era un punto ciego en el sistema, ya que sagradamente asistía a clases todos los días, y de esto podían dar fe la tía que daba la leche y el galletón de colación; porque veía en el liceo, la oportunidad de tener 399 posibles rivales contra quien jugar. Su escuela era el fútbol y eso es lo que aprendía. Para el resto corrían las reglas, las notas, el decir presente cuando nombraban tu apellido en la lista o el ir con uniforme, para el Grillo, solo importaba que estaba ahí.

Y quizás eso estaba bien, porque no nos engañemos, cuando las oportunidades son escazas el futuro no queda muy lejos, y él iba directo por el camino lógico, sino es por un valiente profesor que intentó hacerse cargo de esta omisión que anualmente realiza el programa educativo, desempolvando sus antiguos “chutadores” negros de cuero de canguro, poniendo en sus manos un rollo de billetes reunidos, rodeados por un papel con la información de una prueba abierta para jugadores de las series menores, de uno de los equipos considerados grandes de nuestro país.

Así el Grillo va a probar suerte entre nuevos rivales, diferentes a los ya conocidos, viajando 12 horas a Santiago, saliendo de su pueblo por primera vez, y experimentando una jamás sentida sensación de que alguien se la jugaba por él.
A la semana, terminada la clase de Educación Física, el profesor nos reúne para hablarnos de la perseverancia, el esfuerzo y el conocer nuestras cualidades, contándonos al final de su charla, que durante la noche del día anterior el Grillo gastó sus últimos $100 que le quedaban, para llamarlo desde un teléfono público y contarle que pasó las pruebas, quedando en la serie Sub 17, y además que por su situación económica, lo dejarán en la pensión que tiene el club para jugadores.
Entre más abajo las oportunidades son menos, pero esta vez tomó la opción y el destino lo dejó jugar.
La disparidad de la vida hizo que durante dos meses el profesor viva con la satisfacción de no haber hecho su trabajo encomendado por el ministerio de educación, y ayudarle desde la vereda opuesta, a un joven, a cumplir el sueño de ser alguien en la vida fuera de los libros en los que nunca encajó. Pero por otro lado, el Grillo vivía la amargura de darse cuenta que el sistema le seguía afectando y el sueño de ser futbolista no se cumplía solamente demostrando lo que había aprendido con el balón.

Que sus poleras de entrenamiento conserven un poco de la greda que acarreaba en sus vacaciones, que sólo tenga un par de zapatos para jugar, que éstos sean negros y de los años setenta, que su discreta personalidad se haya acentuado por miedo a su hablar, y que en sus ratos libres sólo tenga el presupuesto para quedarse cerca de la pensión mirando como entrenan las series inferiores y esperando que sirvan las comidas que ahí le proporcionaban; hicieron no sólo que no sea parte del grupo de sus compañeros, sino que además reciba maltratos y discriminaciones de parte de ellos, sólo como forma de bajar a un rival en la violenta carrera de quedarse con uno de los pocos cupos que se abren para ellos en el profesionalismo.
La serie de humillaciones sufridas, hicieron que el Grillo no se sienta cómodo en las canchas santiaguinas y retorne a su pueblo, cerrando la puerta a esa ilusión que él no había buscado porque jamás pensó tener.
Mientras miraba un partido, sentado en una banca ubicado alrededor de la cancha del liceo, veo aparecer al Grillo de uniforme. Se para cerca del tiro de esquina. A los pocos minutos el arquero lo llama:
– Grillo, juega pa’ nosotros-
Y él entra nuevamente a la cancha.
Recibe un pase corto, avanza un par de metros y ante el primer rival que sale a buscarlo, pasa el balón a un compañero. A la jugada siguiente vuelve a recibir con borde interno, se va por la orilla y ante la salida del lateral hace un cambio de banda. El silbido comienza a sonar con timidez. Se acerca al área, recibe de espaldas al arco, la baja de pecho con la marca del central encima, abre los brazos para cuidar su posición, gira por su izquierda, con un sutil toque echa a rodar el balón y antes que se lance en la carrera para alcanzar la pelota, el defensa lo abraza por detrás con sus piernas y lo bota al suelo con una tijera.
Como en el barrio, la jugada se cobra sola y el tiro libre ya era del Grillo, pero el rival, furtivamente finaliza su agresión dejando escapar la palabra “fracasado”.
Entre la polvadera que se armó, sólo se vieron un par de manotazos de quienes pegaban y otros de quienes separaban. Los gritos acompañados del crujir de las zapatillas en el maicillo taparon las palabras de defensa del Grillo que trataba de salvar su honra, ahora de las canchas donde siempre se sintió a gusto.
Esa fue la última vez que lo vi jugando y el último año que estuvo en el Liceo. Ya no era que la cancha sea de pasto o de barro, sino que al igual que de las clases, ahora tampoco se sentía parte de fútbol, y terminó por desterrarse de éste.
El Grillo sólo jugaba porque lo hacía feliz; pero se arriesgó a cambiar el fútbol por la ilusión. Se dedicó a pensar que podía también hacer una buena jugada y eludir al destino, y casi hubiese sido así, sino fuera porque su realidad lo siguió 750 kilómetros, le trancó el balón y le demostró que sus oportunidades eran muy pocas. No contento con eso, le quitó la única alegría que tenía segura y se la cambió por un recuerdo de lo que no pudo ser, porque el designio fue más fuerte y lo volvió a encausar en el camino del cual nunca debió salir.

#LaVidaen90Minutos

 

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Si Acento Ortopédico fuera empresa, sería una sociedad colectiva; todos tapando errores de todos. Pero no lo es. Si tuviera una visión, sería borrosa, con astigmatismo y alcanzando el 15 en miopía. ¿Y la misión? Una gran película de Robert de Niro que hay que ver, preferiblemente, bajo los efectos de algún sicotrópico. No mucho. Solo 1 ó 2 probadas...no hay límites ni estructuras, solo soñar hasta el punto de movimiento rápido del ojo, estirando nuestros sentidos casi hasta el punto de rotura. Como si Bolaño viviera, como si el norte fuera el sur.

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