sábado, 17 abril 2021

Colectivo Acento Ortopédico_Cuento N°3: EL JUICIO FINAL

#ElJuicioFinal

Ese día me desperté solo, sin que nadie me dijera nada, a las 6:05 de la mañana. No podía dormir más. ¿Cómo iba a hacerlo? La mezcla de sensaciones era tanta y tan homogénea que a ratos no sabía si reía de nostalgia o desesperación, si lloraba de rabia o confusión.
Bajé a tomar desayuno, pero no tenía hambre. Solo me tomé un té bien cargado con mitad de agua hirviendo y mitad de agua fría como a mí me gustan. Cómo a tí te gustaban. Como había quedado de cábala después de que esa noche ganáramos el campeonato por primera vez en la historia del club.
El partido había terminado 0-0 y tocaba la tanda de penales. El frío nos tenía aturdidos y tú sugeriste un té tibio para poder tomarlo rápido e ir a patear sin más. Así lo hicimos. Entre que nos bajamos el termo y que llegamos al 5to penal yo no me di cuenta. Ganábamos 4-3 y me tocaba patear a mí. Mi mente procesaba mil pensamientos por segundo y justo antes de salir desde el centro de la cancha siento que alguien pone su mano en mi hombro derecho: «calma, patea como siempre», me dijiste. Eran las palabras precisas en el momento exacto. Si no me hubieras dicho eso la tiraba a la derecha. Justo para el lado donde se lanzó el arquero. Pero te hice caso. Porque siempre te hacía caso. Porque eras como mi hermano mayor. Y dimos la vuelta olímpica de locales, con toda nuestra gente, en nuestro estadio, con los barras bravas y los vecinos que nos conocían de toda una vida.
La felicidad era tanta que hasta regalos nos hicieron; cómo olvidar a Juan, el de la carnicería, que se puso con el asado completo y a la señora Rosita de la botillería, que aportó 50 litros de cerveza. Esa noche la fiesta parecía interminable. Lo sé, era un título de tercera división. Pero nos sentíamos como campeones mundiales.
Ahora, con la perspectiva que te da el tiempo, miro atrás y me culpo por haberte hecho caso. Me recrimino y me digo a mí mismo que si no hubiera seguido tu consejo, que si hubiera pateado a la derecha como yo quería en primera instancia, nada de esto hubiera pasado.

Termino mi té, me visto y salgo de mi casa. Me voy a pie. Era muy temprano pero la iglesia quedaba lo suficientemente lejos como para no llegar adelantado. Además, tenía mucho que pensar; muchas sensaciones que exorcizar.

Entre risas y brindis nocturnos te ofreciste para ir por cigarros. «Me demoro 5 minutos en auto», nos dijiste y partiste sin mucha ceremonia. A diferencia de lo que eras en la cancha. A diferencia de lo que era tu vida. A diferencia de tí, que siempre brillabas con pases filtrados, túneles, goles olímpicos y respuestas ingeniosas. Hacías lo que querías con la pelota y cualquiera podía darse cuenta.
– ¡Dale! ándate a jugar a la Católica, diles que sí
– No quiero
– ¿Por qué no? Si el talento te da
– Si, pero no quiero
– Ah… Tení’s miedo
– Obvio que no wn
– ¿Entonces?
– A ver… ¿A tí te gusta jugar al fútbol?
– Si
– Bueno, a mí igual. Más que nada en la vida. Por eso no me voy del club
– No te entiendo
– El equipo que tenemos ahora… ¿De cuándo nos conocemos?
– Desde las inferiores, desde que teníamos 12 años
– Exacto! Llevamos 8 años jugando a la pelota. 8 años juntos. Casi la mitad de nuestras vidas. ¡Eso es lo que me gusta del fútbol! Me gusta que todos nos entendamos en la cancha, que si uno se equivoca corramos todos, que si tiro un pelotazo a la espalda del central tú o el cabezón Tapia corran antes al espacio. Eso, y que tu vieja nos haga pan con queso después de cada entrenamiento, que don Marcos nos venga a ver a la cancha con sus amigos aunque bordeen los 80 años y que la señora Mari se agarre a chuchás con los hinchas rivales por defendernos en cada partido. Eso es lo que me gusta del fútbol. Jugar contigo, con el equipo, compartir con el barrio, con los vecinos. Eso es el fútbol para mí. ¿Qué saco jugando por un equipo grande si tengo que perder todo esto? ¿Qué saco con jugar por un equipo millonario si nadie se me va a acercar post partido a ofrecerme una once, a contarme historias polvorientas de nuestro Ferro querido o a decirme que gracias a nosotros su vida es un poco menos miserable? ¿Cómo podría cambiar todo lo que tengo ahora si con eso soy feliz?

Yo no sabía qué decirte. Nunca te había visto hablar tan en serio. Estuve a punto de soltar un chiste absurdo como hago siempre que una situación me supera, pero te adelantaste.
– Para mí, todas mis alegrías tienen que ver con eso. Con la gente que me rodea, mi familia, mis amigos. No hay nada peor que ganar un título y no tener con quién abrazarse.

Traté de hablar nuevamente y las palabras se atocharon en mi garganta. Al parecer eso te causó gracia por que remataste con un: «Pero tranquilo, se vienen varios títulos más y muchos abrazos», y te largaste a reír.

Pero mentiste. Esa noche, como nunca antes, mentiste. Porque te esperamos. Y te esperamos. Y te esperamos porque no sabíamos qué más hacer. No contestabas el teléfono y nadie sabía dónde estabas. Te fueron a buscar al negocio de don Chito y dijo que nunca te vio esa noche. «Quizá compró donde la Irmita», nos dijo él, pero no. Tampoco estabas en tu casa. Pasaron horas. Ya había amanecido cuando supimos que a dos minutos de salir, patinaste por una mancha de aceite en el pavimento y el auto fue a dar al río. No lo podíamos creer.

Llego a la iglesia. Veo a nuestros ex compañeros, todos sin habernos puesto de acuerdo, vestíamos los colores del Ferro. Era una misa en tu honor a meses de tu muerte y yo, que me había retirado del fútbol, que me había peleado con la vida, que había perdido a mi ídolo, te extrañaba más que nunca. Todos entran, pero yo me quedo fumando un cigarro. Mirando al cielo, a la iglesia, al piso.

Sentía los pies de plomo. Dudé en ingresar. Me encontraba donde están los indios. Donde se juntan todos. Pero estaba solo. Habían dos entradas pero sólo a una la iban a escanear, cortar el ala izquierda, después la derecha y entregármela de vuelta con el remanente del “cachito” del medio. La otra era la tuya. Estuve a punto de no ir. En mi cabeza, hasta el día anterior, yo me quedaba en casa viéndolo encerrado en mi pieza. Pero desperté y una corazonada me tiró de la cama, y me hizo caminar al Nacional. Creo que sentía que te debía esa promesa y algo, no sé qué, muy dentro mío, me empujaba a cumplirla. Lo veía quizás como una suerte de homenaje. Además, si bien el futbolista que habitaba en mí había muerto, el hincha nunca dejó de existir. Y era una final. Y contra Argentina. Y con Messi en cancha. No podía no ir. ¿Qué le iba a decir a mis nietos? Iba a ser un abuelo sin historias, que es como un piano sin teclas. No podía dejar que eso me pasara.

Y bueno, todo comenzó. Yo sentado en las butacas del fondo con el corazón en la mano… y el cura métale hablando. Nunca he sabido bien si las misas las preparan con anticipación o si hablan sobre lo primero que se les viene a la mente. Pero ahí estaba yo, escuchando sobre que teníamos que enderezar nuestro camino, abandonar el pecado, alejarnos de las tentaciones y las emociones fáciles.

El canto del coro era hermoso. Celestial. La piel se te ponía de gallina. Era indescriptible estar ahí. Nunca antes había escuchado el himno cantado tan fuerte y con tanta esperanza como ese día.
Imagínense ahora que esa misma emoción se multiplicó por veinte cuándo a los 10 minutos salté como un resorte de mi asiento. No lo pude evitar. Me tomé la cabeza y, como el resto de los asistentes, puteé al aire incrédulo, porque pensé que la bolea mordida de Vidal se colaba por el palo izquierdo del portero. Solo habían pasado 600 segundos y yo ya no daba más. No sabía cómo iba a aguantar el resto.

Los rezos, las canciones y las plegarias me incomodaban. No porque tuviera algo en su contra, sino porque nunca me las aprendí. Creo que era justamente eso lo que despertó el reproche en la mirada de los demás. Yo los ignoré porque no estaba ahí por nadie más que por ti. Además, así nos miraban siempre a los delanteros oportunistas o «despiertos» como digo yo. Estar ahí no era nada que no pudiera manejar. Sobretodo después de haber jugado 12 clásicos contra Juventud Unida. El cura retomó su monólogo y arrastró todas las miradas con él. Yo respiré libre otra vez mientras las palabras de fondo se pisaban la cola por el típico eco parroquial. «Lo mas importante para el alma es luchar por…

«…¡Salvarnos! ¡De la que acabábamos de salvarnos! ¡Un cabezazo a quemaropa que aún no sé, y no quiero saber, cómo la sacó Bravo!. ¡La puta madre, que la vimos negra!», vociferé, mientras un manto rojo anaranjado empezaba a cubrir las cabezas en todo Santiago. Mis piernas algo me gritaban y mi cerebro traducía: «No me vuelvo a sentar, esto hay que verlo de pie”.

«De pie… ¡De pie hermanos míos para alabar al señor!». Yo hacía caso por inercia, pero mi mente estaba en otro lado. La verdad no eran pensamientos, sino emociones los que me tenían tomado por la garganta. Los recuerdos se sucedían como fotos y me habría quedado mirando esa galería mucho más tiempo pero algo me hizo ruido y me devolvió al asiento de la iglesia. Era el cura que hablaba sobre los pecados. Decía que el hombre, para reencontrarse con sus seres queridos, no debía dejarse dominar por los vicios como el cigarro, el alcohol o las apuestas (sí, yo también pensé que estaba hablando de mí), y que si no se arrepentía pronto de sus faltas perdería toda esperanza de…

«¡¡¡Gooooouyy!!! ¡Conchetumaaadre!”. Ese pase bombeado de Aránguiz a la espalda de los defensas me gatilló un recuerdo instantáneo. El cabezón Tapia, con el mismo gesto de Alexis, te la pidió y tu casi sin esforzarte se la dejaste servida para que fusilara de bolea al arquero del Atlético. El tiro del cabezón se fue por arriba porque la agarró mal. El de Sánchez, que la agarró llenita, que hizo un giro perfecto, conversó con el palo porque a veces, si lo sabremos nosotros, la suerte simplemente no acompaña. Era el del torneo, el del título, el que rompía la historia. No sabía si íbamos a tener otra igual.

«También recuerden que el respeto por el cuerpo es fundamental. Ustedes saben que el cuerpo es un templo y que, por ejemplo, aros y tatuajes mutilan el regalo de Dios». Ahí sentí que la hueaita se estaba tornando personal. Pero no se detuvo. «Y no tan solo eso. El alma también; hay que cultivarla todos los días. Hay que aprender a mantener a raya las tentaciones, a los hombres y mujeres de vida fácil…»

Con eso último sentí como si se me quemara el alma. Lo digo de verdad. Porque la sensación fue literal. Porque en un día normal Higuaín llega con un poco más de ángulo y eso es gol. Porque en un día típico nos rompen el sueño al final. Porque estuvo a punto de ser un día como cualquier otro donde después de darlo todo, la historia, de genio corto y semblante serio, nos volvía a poner el pie encima y nos colgaba el cartel de «indignos» en el cuello para toda la eternidad. Como debía ser. Como había sido siempre. Como debió haber sido en ese instante agonizante del partido. Fue como estar ante un pelotón de fusilamiento y que, tras escuchar la orden, ninguna bala percutara. No puedo describirlo mejor. Yo, aún pálido, a modo de alivio, miré la cordillera y solté una frase que siempre había odiado pero que en ese momento tenía más sentido que nunca: «Las cosas pasan por algo». Luego, solo atiné a pedir una botella de agua para, textualmente, pasar el trago amargo.

«Habrán pruebas difíciles. Pruebas que tendremos que superar para llegar al paraíso. Muchas veces nos veremos ante una encrucijada y el camino fácil muchas veces será el incorrecto. La mentira aunque sean piadosas van ensuciando el alma». Escuchaba, ahora sí, convencido de que el cielo estaba cerrado para mí. Alguien le había pasado a este tipo mi biografía y la estaba leyendo en voz alta. «Las manías, por otro lado, son una falta de control, una evidencia que vamos perdiendo la lucha sobre nuestro ser”.

El primer tiempo de alargue se consume a la par de mis uñas. No sé qué más hacer. Creo que ya se me cortaron dos cuerdas vocales por la tensión. Trato de mantener posiciones corporales que, me gusta pensar, le traen suerte al equipo. Aflojo los músculos en los saques de fondo, pero a penas la pelota vuelve a estar en juego me contracturo nuevamente y no me muevo por nada en el mundo. Soy un ídolo para los guardias británicos.
«No basta con ser bueno, hay que saber esperar. Ustedes saben que cuando morimos hay que pasar muchas pruebas antes de llegar al cielo. Incluso, para reencontrarnos con quienes ya partieron no basta con dejar de existir acá. Hay que ser un ejemplo de virtud en el más allá también».
A mí, que no soy ejemplo de nada, me dio mucha bronca esa frase. Es más, sonaba como que yo encarnara todo lo torcido y que está mal en la vida. Y no. Si bien no era un santo, estaba muy lejos de ser un alma mezquina. Uno sabe esas cosas. Se da cuenta por cómo lo tratan en la casa, los amigos, los conocidos, los animales…
Si ya tenía una sensación rara, ahora era netamente desconfianza lo que me provocaban las palabras del cura. Yo estaba ahí, tratando de darle vida a mis recuerdos contigo y él me decía que por como yo era, mejor te sacara de mi cabeza.

«¡Penales! ¡Por la mierda, no doy más!» . En modo automático aplaudí. Aplaudí porque lo habían dado todo, porque tuvimos de rodillas al gigante y porque nunca habíamos tenido la copa tan a mano. El desenlace estaba cerca, quizás más cerca de lo que queríamos y sólo quedaba esperar.
Mientras los equipos se organizaban yo me sentía con un pie en la gloria y otro a centímetros del abismo. El frío se hacía sentir y dos líneas, una roja y otra blanca con celeste, se dispusieron en la mitad de la cancha. Yo ya había estado ahí. Mi memoria se desenrolló como una madeja de lana. Pedí un té caliente, lo rellené con el agua que tenía junto a mi asiento y clavé los ojos en el arco sur.

«Me imagino que todos queremos ver a quienes una vez nos acompañaron. Entonces recuerden que los últimos días, dice la biblia, se escucharán trompetas como truenos y cuatro seres traerán consigo pavores impensables…».

Sin ser consciente del paso del tiempo soy testigo de los goles de Matias, Aránguiz, Arturo (ese casi me rompe una arteria) y la tapada de Bravo. Es como si todos esos momentos pertenecieran a la misma postal; un fotograma panorámico que ignora totalmente las leyes del espacio-tiempo, y que se incrusta en mi lóbulo frontal para que lo despliegue en un presente infinito de felicidad abrumadora y nerviosismo extremo. Tomo el último sorbo de té y veo que entre los rojos empieza a caminar el 7.

«Las sombras se reunirán para asechar a la humanidad y llevarla a su punto más bajo en la historia. Pocos sobrevivirán y sólo en esos momentos, y al enfrentar esas circunstancias, sabremos si somos dignos de ser guiados a la luz o a las tinieblas”.

Alexis se para frente al punto penal. Las emociones me consumen. Yo tirito. Alexis avanza. Mi corazón se acelera pero una sensación familiar me envuelve. Una mano se posa sobre mi hombro derecho y una voz me susurra “Calma…». La reconocí de inmediato. No tenía dudas. No volteé. No era necesario. Con eso confirmé todo. Mi corazonada era cierta. A pesar de todo lo que decía el cura, no podía estar tan equivocado. Él insistía que iban a venir jinetes. Que iban a separarnos entre buenos y malos. Que habría un rapto que se llevaría a los dignos al cielo. Que íbamos a sufrir plagas terribles, pestes horrorosas y hambrunas como nunca antes en la historia. Que habría tres días de oscuridad absoluta. Que saldrían demonios a la calle a cometer atrocidades indescriptibles. Y que estallaría una última gran guerra.
Metía su nariz en el texto y seguía explicando que todo eso tenía que pasar antes de volver a reencontrarnos con los que ya no están. Que todo eso sería el último filtro para depurar a la humanidad y separar esa mezcla indisoluble de hombre y pecado.
Pero yo estaba seguro que no. Que nada de eso era cierto. Sabía que ese hombre se equivocaba, que había pasado algo por alto o que derechamente no sabía algo que yo sí. Porque hubo un día que nos reunimos todos. Hubo un día en donde, en sus casas, los hijos lloraban, miraban al cielo y se reencontraban con sus padres. En los parques, los hermanos perdidos que ya no volverían se dejaban ver para saludar a los que habían abandonado. En las calles los padres veían saltar y reír a los hijos que les fueron arrebatados. En las plazas nietos veían como sus abuelos extintos les devolvían una sonrisa con lágrimas de satisfacción. Ahí estaban. Tal y como tú junto a mí en el estadio. Al lado de cada hincha, al lado de cada fanático. Llegando a sus casas en una última muestra de afecto. Rompiendo la historia. Abuelos, tíos, sobrinos, nietos, padres, hijos y hasta mascotas. Alexis patea, le pica el penal a Romero y ahí, para toda la eternidad, nos abrazamos todos.

 

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Si Acento Ortopédico fuera empresa, sería una sociedad colectiva; todos tapando errores de todos. Pero no lo es. Si tuviera una visión, sería borrosa, con astigmatismo y alcanzando el 15 en miopía. ¿Y la misión? Una gran película de Robert de Niro que hay que ver, preferiblemente, bajo los efectos de algún sicotrópico. No mucho. Solo 1 ó 2 probadas...no hay límites ni estructuras, solo soñar hasta el punto de movimiento rápido del ojo, estirando nuestros sentidos casi hasta el punto de rotura. Como si Bolaño viviera, como si el norte fuera el sur.

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