martes, 2 marzo 2021

Mercados municipales; gentiles, robustos y nobles elefantes. Urbicidio en serie o el exterminio de lo cotidiano

«La producción a partir de recursos locales para cubrir las necesidades locales es la forma más racional de vida económica».

Ernst Friedrich Schumacher

 

 

Los mercados, conocidos aún en parte de Latinoamérica como Mercados de abastos, nombre derivado de su predecesor tipológico original, como era la denominada Plaza de abastos europea, de la época colonial, concretamente española en nuestro caso chileno. Éste espacio para el intercambio, el negocio de productos perecibles y el trueque, originalmente abierto como un espacio público flexible y dividible, temporalmente a la intemperie, que posteriormente evolucionó a la de ser una plaza cubierta que protegiera a los feriantes y al público de los domingos lluviosos, evolucionó con las grandes vigas metálicas de la revolución del vapor, transformándose luego en un edificio. Accediendo con ello a cubrir ingeniosamente grandes espacios durante el boom industrial, la tipología evolucionó con su enorme esqueleto de acero o concreto armado y con esto, el pequeño negocio temporal se transformó en el “puesto” definitivo y permanente, estable y tranquilo, siempre fiel a sus clientes.

Casi siempre de propiedad municipal en Chile, dados en arriendo inicialmente y luego pasando a figuras de propiedad colectiva de los locatarios, los llamados hoy Mercados Municipales, arrastran mucho más que una enorme carga simbólica en las ciudades, representan mucho mas que nuestro primigenio origen rural, tan renegado o deformado, tan adornado y olvidado. No son solo parte de nuestra memoria sino que son de lo poco que queda en pie de esos lugares exquisitos a los que solíamos ir con nuestros abuelos, lo que ya nos habla de una ciudad unas cuantas generaciones atrás, pensada de otra manera, a otro ritmo. Hecha de una manera razonable y por dar a todos parte de una ciudad republicana pensada de otra forma. Una ciudad popular, de raíz inclusiva y accesible, en que el mercado, poseía una importancia como un lugar entrañable con los paladares y los bolsillos de los caseros. Muchas veces esta idea vino acogida por edificios entrañables, que pasaban la semana llenos de gente de aquí y de allá, de lo poco que aun podríamos sentirnos orgullosos por aun tenerlos, piezas robustas de solidaridad urbana.

Son todavía en muchos casos puentes directos desde el campo a la ciudad. Resulta por ello fácil de descifrar que la ciudad de hoy, la urbe capitalista prefiera borrarlos por considerarlos expresiones sucias y añejas, llenas de pasado y empapadas de un espíritu popular que es el inequívoco reflejo de lo que somos, de lo que eran nuestros viejos y de lo que deberíamos aun seguir siendo. El borrar estos mercados de nuestro ADN es imposible, dado el hecho de que venimos impregnados de nacimiento con la necesidad de estos espacios, son parte de nuestra personalidad.

Los mercados son, mas allá del romanticismo, el lugar donde comprar barato y sin intermediarios, un edificio para ejercer nuestros derechos al acceso justo por los alimentos, el lugar donde ejercer esa soberanía alimentaria como la llamarían algunos hoy. Soberanía, sin recurrir a Paulman o a Walmart, para hacer la compra como antaño, sin grandes superficies ni grandes propietarios, amigos locatarios que representan al pequeño comercio, a lo distribuido, la expresión dulce de que lo pequeño es hermoso, como afirmaría el economista Schumacher(1). Los locatarios y la lucha diaria desde las madrugadas es su sacrificio por alimentar y hacer andar una ciudad que cada vez come peor y es mas indolente a las pérdidas. Contagiados de esa indolencia oportunista, hoy es que dada la desdicha de estos elefantes de haber nacido siempre bien ubicados, en los centros, donde todos podíamos llegar, es presa para no pocos intereses de los “renovadores” o de los “hacedores” de ciudad. Ciudad llamada sustentable, donde lo banal y lo desarticulado, lo individual y lo interesado hacen la nueva, apestosa y «creativa» nata urbana.

La resistencia invisible de esta robustez del pasado, de estos pesados y nobles elefantes, al no poder ser fagocitada por la especulación, al no poder ser desmantelada por lo cruel del modelo, al no poder ser picada en pedazos para moverse de ahí, donde cómodamente nos esperó siempre para abrigarnos y darnos de comer, hoy la única opción que les queda es prenderles fuego, quemarlos vivos, usando el fuego como el único instrumento de limpieza directa, para como si de un insecticida se tratara, borrar las historias que allí estaban ocurriendo, imponiendo la pérdida, la desorientación entre las promesas de renovación, traslado e investigación de aquel crimen anunciado, de aquel cortocircuito sin explicación lógica, de las promesas de recuperación y del enojo. En Concepción el caso es más patético aun ya que además se invierte fondo de la municipalidad en instalar sin más un mercado transitorio en otro sitio.

Los mercados tal como los conocíamos son hoy vistos como elefantes blancos para el nuevo orden mundial, son un estorbo, edificios y gente que claramente no encajan en la “agenda” inmobiliaria, la que está trazada ya entre todos sus actores, considerando que nosotros solo somos compradores. ya no tenemos realmente la libertad de comprar alimentos a todos esos pequeños productores y vendedores que poseen puestos en el Mercado municipal, no más. El nuevo orden del sistema ahora nos hace comprar todo en un gran supermercado, donde hay un solo gran dueño. La micro-economía familiar pasó del apoyo a la  distribución a ser el primer motor de concentración de la riqueza, pero ahora descaradamente y sin tapujos.

Lugares vaciados, problemáticas comunes.

Las multiples tácticas usadas para apoderarse de lugares con un capital en centralidad tan alto como los Mercados, suman quizás un abanico entre las tácticas mas sucias de “limpieza” jamás usadas en las ciudades, la desaparición forzada y planificada de edificios, es parte de una de las tácticas mas relevantes del Urbicidio, que permite el «vaciado» de estos espacios, muchas veces como queriendo desprenderlos de su carga simbólica, de espacio para y por el público, pero no cualquier público. Los Mercados son aún lugares acogedores para esa ruralidad y son por ende, lugares híbridos, polisémicos, llenos de conflicto y poesía, llenos de esas expresiones difíciles de encasillar, hechos a la medida para esa hibridación que podría llamarse «rururbana».

Así, los Mercados municipales han sufrido la depredación, por ejemplo algunos pares europeos han sido vaciados de su vida de barrio, para ser convertidos de fieles exponentes de la «Marca Ciudad»; diversos mercados municipales en Barcelona, Madrid, Zaragoza, han sufrido los embates de los «nuevos tiempos», dejando atrás con ello parte de su pasado barrial, para ser convertidos en fetiches del deseo turístico y del impulso por la renovación.

Mercado de Santa Caterina. Barcelona. Imagen:  https://barcelona-home.com/blog/de/der-santa-caterina-markt/

 

El sistema que construye hoy la ciudad, basado en la plusvalía, lo vendible, la imagen de ciudad exportable para el turismo, el predominio de lo privado y lo inmobiliario, quiere devorar pronto a estos animales, fantásticos y amplios, llenos de cobijo y espacio, no le gustan, no le parecen aprovechables ni vendibles. Estos grandes elefantes exquisitos, llenos de mensajes, llenos de información e historias, son hoy una molestia, dada la importancia que tienen para generar ciudad, construir integración social y co-producir el espacio urbano con toda la riqueza y extensión de lo que significa lo público, de ser grandes y gentiles animales que nos enseñan día a día a construir el respeto al otro y su alteridad.

Cartel de los años 70, llamado a Defender el mercado de Zaragoza.

Las alarmas están encendidas, el diagnóstico es inequívoco, si analizamos la cantidad de mercados que han sido destruidos e incendiados en los últimos años en Latinoamérica, el resultado es alarmante, mas de 15 mercados municipales destruidos por incendios(Tabla resumen en elaboración) . Los problemas comunes que poseemos deben tambien encender voces de alerta común, en que las huellas de estos sucesos no se borren de la memoria y se luche por la reconstrucción rápida y respetando la tradición, bajo cierta evolución pero siempre escuchando a quienes dan vida a estos espacios, a quienes buscan un sustento apoyados en esta economía soberanista, local y de precios accesibles. La tradición debe ser respetada y rescatada, frente a las posiciones hegemónicas que buscan determinar cambios y banalizaciones de estos espacios, quitándoles su significado y gentrificándoles, degradando su calidad y simplificando sus usos y espacialidades. Las concepciones del urbanismo operacional basadas en la especulación, siempre querrán mostrar «lo bonito» de una forma mal entendida, quitando del centro de la ciudad a los que no son como ellos; lo no inclusivo, la eliminación de lo popular, estigmatizándolo, ridiculizándolo y considerándolo como merecedor de lo residual son ideas que hace tiempo vienen impartiéndose en las facultades de arquitectura. Los arquitectos qu ehoy están en la academia, hoy deben revisar sus planteamientos y autoexigirse. Algunos sin saber llevan aplanando hace tiempo las mentes de los jóvenes futuros arquitectos y quitándoles la ilusión, malgastando y deformando todo su potencial creativo. Es responsabilidad de profesores que no conocen otra idea del espacio que no sea la de su comercialización, su fragmentación y su banalización.

El estado actual del Mercado Municipal de Concepción. Foto propiedad del grupo de FB: «Yo Quiero Mi Mercado Central De Concepcion».

 

El pensamiento crítico y la filosofía urbana, así como la lectura analítica de los movimientos y vanguardias del pasado y el futuro, es lo que puede darnos mentes que sientan a estos blancos elefantes no solo como eso, sino que como entrañables edificios, que la ciudad dio a luz y merece seguir teniendo. Una ciudad donde la lucidez que da lo colectivo y lo comunitario sea lo que prime y como sabemos esto no se encuentra en los malls o centros comerciales. Hablamos de una función que vá más allá del comprar, son espacios que trascienden una condición material para conectarnos con el tiempo y el espacio, con nuestras generaciones anteriores, elefantes que suman presente al pasado y vice versa.

 

«El otoño se marcha

y el invierno llega.

Creo que también yo

me iré a otro lado.

Debo aprender a cantar

la verdadera canción de mi alma».

 “Milk and honey” Jackson C. Franck

 

(1) Small is Beautiful: a Study of Economics as if People Mattered (1973). Versión en español: «Lo pequeño es hermoso. Un estudio de economía, como si la gente importara».

(2) Foto de Portada: Vista interior del Antiguo Mercado de Concepción. Diapositiva del archivo familiar del sr. Guillermo Hetzler F., Chiguayante. Autor: Guillermo Hetzler F.

Publiada en la web por «Nelson SurAnálogo». https://www.enterreno.com/moments/mercado-de-concepcion-1965#

 

 

 

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Naufrago urbano y funambulista del diseño. Arquitecto recluido por varios años en una escuela de ingenieros, hoy Doctor en Energías Renovables. Articula su investigación y reflexión en la interacción entre medio ambiente, política, tecnología y espacios habitables. En una búsqueda desde la perspectiva de los procesos de diseño popular y estrategias de adaptabilidad a escala comunitaria. Especialmente buscando los baches entre la tecnología, lo adaptado, lo que no lo es, lo impuesto, lo local, la vivienda, lo comunitario y la ciudad. Su crítica suele empalmar a medio camino entre estos campos, marcados por coordenadas que ya iremos descubriendo.

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